El canto de las hachas revive la tradición comunitaria de los campos dominicanos
El canto de las hachas permanece como una de las expresiones culturales más representativas de la campiña dominicana, surgida en los campos de Salcedo durante los finales del siglo diecinueve y principios del veinte para acompasar el derribo de árboles maderables mediante jornadas colectivas de trabajo agrícola.
Esta manifestación folclórica cobraba vida cuando los labradores se agrupaban en las tradicionales juntas o convites para desmontar terrenos vírgenes y habilitar conucos familiares destinados al sustento cotidiano y al intercambio de productos a pequeña escala. La ceremonia reunía a grupos organizados en parejas de cuatro, seis o más hacheros colocados frente al tronco, coordinando sus golpes para que el filo de las herramientas penetrara la madera sin descanso.
A medida que la corteza cedía y el árbol se aproximaba a su caída definitiva, los hacheros aceleraban el ritmo de sus movimientos y elevaban la sonoridad de los versos. La armonía vocal fluía a través de cuartetas, décimas o pareados donde un solista o voz guía entonaba las estrofas mientras el coro general respondía rítmicamente al unísono, acompasado con exactitud al compás metálico del corte.
En su investigación recogida en la obra «De Llano y de La Loma», el recordado folclorista santiaguense Tomás Morel documentó testimonios invaluables sobre estas tonadas populares, destacando la perfecta sincronía isócrona que alcanzaban los leñadores al trabajar en equipo bajo el sol del Cibao. La recopilación preservó coplas emblemáticas entonadas con emoción en los desmontes, como el conocido estribillo campesino «Tan guen piquero / Jo, jo / como era yo / Jo, jo / y aguá no puedo / Jo, jo / aisai la bó / Jo, jo», junto a otros versos que retratan anécdotas rurales como «Subí la loma / Jo, jo / boibí y bajé / Jo, jo / me echan lo perro / Jo, jo / den casa André».
Esta práctica comunitaria guarda una estrecha relación musical y social con otros cantos de labor tradicionales que todavía perviven en zonas campesinas del país, como las coplas entonadas durante el apaleo de habichuelas secas, la recolección de café conocida como «Palomas», las faenas de desyerbe bajo el sol y las tonadas rítmicas de pilón empleadas en el procesamiento casero del cacao y el café.
Con información de AlMomento.