República Dominicana se ratifica como la plataforma histórica que impulsó al reguetón
La República Dominicana ocupó un papel determinante en el desarrollo y la expansión internacional del reguetón durante sus primeros pasos, cuando las producciones urbanas eran vistas con desconfianza en el mercado discográfico formal. El territorio dominicano brindó una plataforma abierta de difusión masiva entre los años 2002 y 2005, sirviendo de puente crucial para que exponentes legendarios transformaran una expresión barrial en una industria exportable a nivel planetario.
En una época marcada por persecuciones oficiales y decomisos de discos en Puerto Rico a fines de los noventa, las estaciones y la juventud de Quisqueya acogieron las grabaciones sin restricciones. Esa receptividad convirtió al país en una plaza de validación donde las discográficas descubrieron el arrastre popular del movimiento frente a la frialdad de industrias más conservadoras como México o los Estados Unidos.
La llegada de Tego Calderón en 2002 con su álbum «El Abayarde» derribó barreras de aceptación social, introduciendo una mezcla de sazón salsero, raíces afrocaribeñas y líricas de contenido comunitario. Temas como «Pa' Que Retozen» y «Métele Sazón» se entonaron en todos los estratos de la sociedad dominicana, legitimando que la corriente poseía sustancia poética y calado popular capaz de romper prejuicios de clase.
El turno de la euforia en los centros nocturnos correspondió a Don Omar entre 2003 y 2004 gracias a su álbum «The Last Don», que encendió las pistas de baile con sencillos icónicos como «Dale Don Dale» y «Dile». El propio cantante ha dejado constancia en entrevistas de la tremenda trascendencia que tuvo el público criollo al respaldar sus producciones y proyectarlo hacia las cimas comerciales de la música latina.
Ese cordón umbilical con Quisqueya prosiguió en las siguientes generaciones de creadores, encabezadas por Bad Bunny, quien ha manifestado públicamente que República Dominicana fue el primer lugar fuera de su tierra donde sintió el cariño espontáneo de una multitud. La música dominicana, sus ritmos callejeros y su público continúan siendo, más de dos décadas después, un faro imprescindible para entender el latido del movimiento urbano.
Con información de El Día.